CÓMO LOGRAR QUE COMAN VERDURA
Una de las afirmaciones más frecuentes en la consulta es: “a mi hijo no le gusta la verdura.” Rosa, una paciente que acudió a consulta de nutrición y que perdió bastantes kilos cambiando sus hábitos de vida, sustituyendo los dulces entre horas y las comidas precocinadas por frutas y verduras, se encuentra impotente para inculcar esos mismos hábitos saludables a suhija Susana. “Es imposible” –dice- “Se niega a comer cualquier tipo de verdura”.
Si ya los americanos de la posguerra mundial tuvieron que inventarse un dibujo animado para entrar en los hogares e invitar a los pequeños a comer verdura, especialmente las espinacas (Popeye el Marino fue un intento de solucionar las carencias nutricionales de la época. Desgraciadamente, un error tipográfico atribuyó a las espinacas unas cantidades de hierro que son más imaginarias que el propio personaje que las come. Por una vez el error no fue de los guionistas cinematográficos, sino de los traductores del ministerio de salud norteamericano), esto nos indica lo difícil que es intentar convencer a un niño para que coma un alimento tan necesario y saludable como antipático para los más pequeños.
¿POR QUÉ NO LES GUSTAN?
Todas las encuestas de salud pública hacen hincapié en el déficit de ingesta de fruta y verdura que tiene la población infantil en España, un problema doblemente agravado por la paradoja de la riqueza que tiene nuestro país para producir hortalizas.
Luis, un abogado de 35 años, comenta: “De pequeño no podía soportar las verduras. Un plato de coliflor era para mí una tortura. Podía quedarme mirándolo durante horas ante la desesperación de mi madre. Ahora, sin embargo, me encantan, pero me encuentro con que mi hijo (de 5 años) presenta el mismo problema que yo a su edad y, sinceramente, no sé cómo actuar”.
A raíz de este tipo de casos, los expertos debaten acerca de dos posibles causas del rechazo de nuestros hijos a las verduras. Una podría ser una reacción ante la imposición de un plato que, la mayor parte de las veces, les resulta monótono y aburrido. Otra causa consiste en que, actualmente, la comida de los más pequeños está saturada de alimentos ricos en hidratos de carbono refinados (bollería, snacks, fast-food y platos preparados) que suelen ir acompañados, la mayor parte de las veces, por grasas hidrogenadas. Esta mezcla no sólo explosiva para la salud es tremendamente adictiva para los órganos de los sentidos.
El aspecto para la vista es excitante, puede consumirse con las manos, con lo que se refuerza el componente lúdico, tiene olores penetrantes y adictivos (todo lo contrario que los olores que inundan una cocina tras el hervido de una coliflor o un repollo); pero, sobre todo, llenan la boca con muchos sabores. Esto estimula células nerviosas en nuestro cerebro, que activan el mecanismo de la recompensa, generando sustancias que hacen sentirse bien a los peques, recompensándoles por la sobre estimulación sensorial.
Ante todo esto parece claro que la verdura y los padres lo tienen casi perdido de antemano… ¿o no?
SOMOS SU MEJOR EJEMPLO
Hay que recordar que uno de los principales mecanismos de aprendizaje de nuestros hijos es la imitación. Así, es muy difícil que, en un hogar donde los padres no coman verduras delante de los hijos (por falta de tiempo o porque tampoco les gustan) éstos quieran hacerlo por voluntad propia.
En el caso de Rosa, aconsejé que pusiera siempre al alcance de todos en su casa las verduras más vistosas, muchas veces como si de un bodegón se tratara, para que su hija se acostumbrara a su presencia y que comenzase comiendo verduras crudas (en este caso, zanahorias) delante de su hija, ya fuese viendo la televisión o ayudándola en los deberes. Eso sí, la aconsejé que no le ofreciese a la pequeña, a menos que ésta lo pidiera.
Así, en las horas en las que su hija estaba en casa, siempre había un plato de zanahorias cortadas en la cocina (a las que Rosa fue añadiendo pepinos con sal y tomatitos cherry). Poco a poco, esos pedazos de verduras iban disminuyendo y, desde luego, no era obra de Rosa o su marido. Poco más tarde, la chica ya las pedía en público. Así, una niña que no comía absolutamente nada de verduras, había empezado a comer las zanahorias y los tomates, abriendo el resquicio para, al menos, probar con otros tipos de hortalizas.
Esta actitud siempre requiere sacrificio e imaginación, sobre todo porque no todas las verduras son tan apetecibles como las del caso anterior.

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